lunes, 24 de septiembre de 2012
UN EXTRAÑO
miércoles, 19 de septiembre de 2012
El hombrecito del semáforo se puso verde una vez más, y yo seguía clavado en el mismo lugar, sin decidirme a cruzar la calle. La gente pasaba apurada a mi lado, con la tensión que siempre generan las grandes ciudades, donde todo el mundo se atropella tratando de ganar tiempo para llegar quién sabe adónde. El único que parecía no mostrar apuro era yo, aunque en realidad el motivo de mi pasividad era otro: estaba por encontrarme con Karina, y ese solo hecho era suficiente razón para motorizarme o paralizarme por completo. Sólo había que cruzar la calle y llegar así al soñado reencuentro. Estaba intranquilo y lleno de miedo. Era mucho lo que estaba poniendo en juego. Mi vida. Mi futuro. Mi felicidad. Todo eso, y quizás mucho más, ahí nomás, cruzando la calle. Hacía más de quince años que esperaba ansioso este reencuentro y ya mi natural fatalismo me había quitado las esperanzas de volver a verla. Pero se dio el milagro. “Te espero en el bar de siempre, a media mañana. Vení ni bien puedas. Te voy a estar esperando”. Mi corazón latía aceleradamente rememorando momentos inolvidables con ella. Eramos dos chiquilines de la misma edad cuando nos conocimos y habíamos congeniado desde el primer minuto, aunque había diferencias siderales entre ambos. Yo era un mocoso de quince años, corto, irresoluto. Ella, en cambio, era una mujer de quince años, llena de vida, cargada de anhelos, resuelta, explosiva. Se comía la vida a dentelladas. Día a día me sorprendía con un proyecto nuevo. Quería patinar, ser trapecista, paracaidista, correr autos, escalar montañas. Siempre con matices peligrosos. Siempre al borde de la cornisa. “Vamos, Luigi. En la vida hay que animarse a todo, si no lo hacés te lo perdés.” Y yo sufría a su lado frenándola. “Vamos, Luigi. La vida es corta. Hagámoslo ya.” Y lo hicimos. A instancias de ella. Yo era demasiado apocado para proponérselo. Ella lo propuso, ella lo manejó, ella me introdujo en ella. Creo que arañamos la felicidad por un corto tiempo. Pero duró poco. Un día se fue siguiendo sus proyectos alocados, al sur, “donde la vida es mucho más entretenida” y sobrevino la inevitable ruptura. Nuestras vidas iban por carriles muy diferentes. Yo quería tierra firme y seguridad. Ella volaba a mil por hora. No nos vimos más. Desde ese mismo día comencé a tratar de olvidarla sin demasiado éxito. Todo lo vivido con ella había sido muy fuerte para mí. “No faltes. Te espero ansiosa. Tengo mucho que contarte.” “Por supuesto que voy a ir.” Y aquí estoy. Dejando pasar hombrecitos verdes para darme coraje y hacerle frente a la tromba de mis sueños. ¿Estaré haciendo bien? Me decido y comienzo a cruzar. Voy contando las bandas blancas del paso peatonal. Catorce, quince, dieciséis, hasta arribar a la última. “Vamos, mi amor. En la vida hay que animarse a dar un paso más, aunque sea peligroso.” Subo la vereda, observo los ventanales del bar y en uno de ellos la veo. La emoción me trastorna, pero tengo miedo, muchísimo miedo de que todo vuelva a ser como antes. “Vení con tiempo. Pasaron tantos años, espero que no te decepciones demasiado.” La puerta molinete me arroja al interior del bar. Busco su mesa contra el ventanal de la calle y la encuentro al instante. Me acerco tembloroso al principio, consternado después.
Ella baja la mirada mientras acomoda su pollera en la silla de ruedas. Me siento frente a ella y le tomo las manos. No digo nada. Veo asomar lágrimas a sus ojos. La vida le cobró un precio muy alto.
Los recuerdos se arremolinan una vez más en mi mente y las dudas me atormentan. ¿Podremos reemprender algo juntos? Creo que no. Somos muy distintos. Yo apenas logré cruzar la calle.
Ella, en cambio, está de vuelta de todo en la vida.
miércoles, 10 de febrero de 2010
RENACERÉ

Renaceré, no me caben dudas, y lo haré inmediatamente después de mi último suspiro. Veré a mi cuerpo en su lecho de muerte y me introduciré nuevamente en él para emprender juntos, él y yo, el repaso de mi vida. Recorreré el mismo camino y las mismas situaciones vividas durante años hacia mi niñez, no con ánimo de reparación, ni de redención, sino como el espectador curioso que desea rever varias veces la historia para entender mejor de que se trata.
-Vamos por partes -me diré a cada rato, sin prisa, sin viejos enconos, sin artimañas, sin anestesia.
Recorreré cada uno de mis días junto a mi mujer y a mis hijos, a quienes veré aniñarse paulatinamente hasta desaparecer de mi vida. Qué difícil me resultará no intentar enmendar viejos errores míos y permitir a la vez que ellos los cometan sin intervenir en nada.
-Vamos, mi hijito. A ése dale una buena tunda a tiempo y no te va a molestar más.
-No, señora directora. No fue mi hijo el que escribió eso en el pizarrón. Fueron tal y tal y lo culparon a él. No puede echarlo así, es injusto.
-Vea, doctor. Usted será muy entendido en medicina pero yo tengo algo que a usted le falta: sentido común. Usted se equivoca y pone en riesgo la vida de mi hija.
Muchas cuentas como éstas querré saldar. ¿Cuántas? Infinitas. Pero seguiré firme mi camino de regresión, sin mover un solo dedo para cambiar una historia que, bien o mal, ya fue vivida.
-Sí, quiero-. Y abrazaré y besaré a mi esposa lleno de dicha.
-Te invitó a salir -le diré más adelante, anhelando escuchar la respuesta afirmativa que tanto deseaba.
Volveré a cruzarme con aquella a la que quise bien y me quiso mal y con la que me quiso bien y quise mal.
-¿Cuándo te vas a casar y mantenerte solo?-, me dirá mi madrastra con la misma acritud de antaño.
Y volveré al secundario, con los mejores amigos de mi vida, aquellos con los que uno se juraba amistad eterna y con los que nunca más se cruzaría a través del tiempo.
¿Cómo olvidar ese camino recorrido?
Tardaré muchísimo en volver a verme niño. Cientos de años. ¿Cómo podría llevarme menos tiempo, tanto acierto, tanto desacierto, tanto amor, tanto desamor, tanta explosión de vida, tanta alegría, tanta tristeza?
Después, me prenderé con fuerza a la teta de mi madre, para volver a sentir su calor y terminaré lanzándome de lleno en su vientre para mantenerme finalmente agazapado en su matriz convertido en minúsculo óvulo fecundado a la espera de tiempos mejores.
sábado, 6 de febrero de 2010
HASTA LA VICTORIA SIEMPRE

María mira nerviosa el reloj. Ya había anochecido y las cosas seguían empeorando. Juan agoniza a su lado. No había resultado todo tan sencillo como él y sus compañeros habían planeado. Todo lo contrario. Alguien los había delatado y tras la emboscada comenzaron a caer como moscas ante las ráfagas de ametralladora. Sólo Juan se había salvado por milagro de quedar tirado en el asfalto gracias a su gran fortaleza y una acción impensada de María, que pudo socorrerlo maniobrando alocadamente un automóvil que habían robado pocos minutos antes para esa operación. Una barrera baja y el paso de un tren que apenas logró esquivar le permitió desembarazarse de los autos verdes que la perseguían obstinadamente y llegar finalmente a destino.
- ¿Dónde estamos María?
- En la villa, Juan. Descansá.
Estaba seriamente herido y perdía sangre continuamente. Una sonrisa amarga se dibujó en el rostro del hombre cuando preguntó
- ¿Hace mucho que llegamos?
- Un rato, Juan. Ya pronto van a venir a curarte. Vamos, Juan, fuerza. Vos siempre lo dijiste. Hay que seguir.
María lo admiraba profundamente. Habían compartido infinidad de operativos, casi todos con éxito, y su figura se había agigantado tanto para sus compañeros como para ella, hasta llegar a rodearlo de un halo de invulnerabilidad.
“Si alguna vez te toca caer ni lo dudes, María. La pastillita es infalible”. María lo sabe, es el último recurso. Sabe que están demasiado jugados en la causa y si cayeran no sólo serían tratados como perros, sino también serían torturados hasta límites indecibles para finalmente morir.
Juan tenía razón, la pastillita era rápida y efectiva. Ya había sido probada sobradamente por ex compañeros en situaciones límite. ¿Se animaría a hacerlo ella también si fuera necesario?
Revisa su cartera. El estuche de edulcorante está a la vista. Levanta la tapa y desparrama las pastillas sobre la mesita de luz. Son muchas y blancas, muy blancas. Sólo un par de ellas tienen un tinte más parduzco que las distinguen del resto. María las vuelve a su lugar asustada, una por una, hasta volver a llenar el recipiente. Unas lágrimas furtivas se asoman a sus ojos. Sentimientos contrapuestos se entrecruzan atormentando su alma. Lejos habían quedado las advertencias de su familia. Una fuerza interior que nunca había podido manejar la impulsaba. Fue entrando de a poco, lentamente, casi sin darse cuenta, y al corto tiempo supo que había emprendido un camino del cual es muy difícil regresar, pero cuando comenzó a transitarlo junto a Juan se sintió plena y por momentos feliz.
“-¿Hacía dónde vamos, Juan? ¿Esto tiene fin?
-No hay cartel de llegada, María. Hay que seguir y seguir. Hasta la victoria siempre. No lo inventé yo, ¿verdad?
-Verdad.”
La respiración de Juan suena entrecortada. María se estremece.
-¡Vamos, Juan! ¡Fuerza, carajo! Vos no podés caer. ¡Te necesito, Juan!
Unos ásperos ronquidos es lo único que recibe como contestación. Respiración más débil y fuertes sibilancias los siguen. Después el silencio. Un silencio total y absoluto.
Un llanto amargo aflora a su garganta. Se siente por un instante sola y desvalida. Busca su estuche de pastillas y abre la tapa dispuesta a volcarlas sobre la mesita de luz mientras da una última mirada sobre Juan. La tranquilidad de su rostro la decide. Cierra el estuche, lo guarda en la cartera, enjuga sus lágrimas y se aleja del lugar con paso firme.
-Hay que seguir, Juan. Como vos decías. Hasta la victoria siempre.
domingo, 10 de enero de 2010
LUXIRIA

Luxiria observa el reloj y comienza a planear el ritual diario de las 23 hs. Prende la luz del baño y comienza a desvestirse con parsimonia, dándole a cada movimiento un toque sutil de sensualidad. Ordena una a una las prendas que se va sacando acomodándolas sobre una repisa o colgándolas con arte en un coqueto perchero. Todo lo hace sin apuro, con lentitud, dándose a sí misma el tiempo que hiciera falta para gozar a pleno el efecto que el agua tibia hará sobre su piel. Cuando sólo queda vistiendo bombacha y corpiño apaga las luces del cuarto de baño dejando sólo la del antebaño, produciendo un efecto lumínico difuso de fondo. Después se dirige al ventanal que da al edificio de enfrente y observa ansiosa a un punto específico del mismo. Todo está a oscuras. Cuando capta el resplandor de la lente dirigida hacia su cuarto sonríe satisfecha. Hoy también tendrá público. Cierra las varillas de la cortina calculando con meticulosidad el tiempo de expectación anhelante de su admirador y sigue con el hábito diario. Termina de desnudarse y deja como única iluminación un velador que apenas propaga claridad sobre el ambiente. Por último, vuelve a subir las varillas de la cortina y comprueba que su vecino sigue firme en su lugar. Su cara trasunta el deleite que la situación le provoca. Camina hasta la ducha analizando cada acción. No es lo mismo -piensa- un andar desgarbado que una entrada cadenciosa bajo el agua, calculando cada movimiento y dando a su paso un aire de diosa pagana, que seguramente aumentaría las expectativas de su observador. Abre el agua, constata su temperatura y con movimiento felino ingresa a la ducha mojando su pelo primero y por fin el resto su cuerpo. Lo hace de espaldas al ventanal, imaginando la avidez de los ojos de su incondicional voyeur. Llena de espuma su pelo y su cuerpo y comienza a deslizar sus manos hacia arriba y hacia abajo dejando que el agua vaya arrastrando de a poco el jabón. Gira sobre sí misma y ya de cara al ventanal comienza a desarrollar la última escena. Primero acaricia sus pechos deteniéndose especialmente en los pezones hasta sentirlos firmes y salientes. Después, poco a poco, va bajando las manos hasta las partes más anhelantes y calientes de su cuerpo. Llena sus dedos de espuma y lentamente al principio, con mayor fuerza luego, y con movimientos delirantes finalmente, descarga la tensión acumulada en medio de gritos de infinito placer, que sólo ella puede mensurar y que la trasportan al mejor de los mundos. Cierra el agua, toma el toallón, y comienza a secarse. Vuelve a mirar el reloj. Ha pasado apenas media hora.
Apaga el velador y permanece totalmente a oscuras observando entre las varillas de la cortina. Poco después se pierde el resplandor de enfrente. Luxiria vuelve a sonreír con agrado. Toma el largavistas y ve con satisfacción que su vecino acaba de amortiguar las luces del baño y abre las varillas de la cortina de su ventana dispuesto a bañarse.
viernes, 8 de enero de 2010
UN DÍA CUALQUIERA (Para Sofi)

Un día cualquiera; no sé de qué mes, no sé de qué año, ¿qué importancia tiene? despertarás bien temprano, como siempre, y estirarás tu brazo en la cama buscándome, pero no me encontrarás. Concientizarás lenta, muy lentamente, a medida que despiertes, que ya nunca más, por los tiempos de los tiempos, me tendrás a tu lado. Te levantarás despacio, como todos los días, buscando una vez más una explicación a lo inexplicable y, cargada de pesadumbre, iniciarás un nuevo día. Notarás mi ausencia en cada rincón de la casa: en el cajón del placard ya vacío, en las perchas encimadas sin ropa, en el cepillo de dientes único en el baño, en el toallero sin toallón. Deambularás por la casa viéndome en todos lados. Estaré en la cama acostándome tempranero, en el sillón del living mirando televisión, o leyendo el diario en el jardín debajo de mi árbol favorito. Llegarás a la cocina esquivándome a cada paso y te sentarás en el lugar de siempre, de cara a la ventana, dispuesta a tomar el desayuno que tantas veces compartimos y me verás a tu lado dispuesto a saborear una vez más con vos un café caliente. Hasta podrías servírmelo esperando un milagro que indefectiblemente resultaría inútil. Así, cargada de angustia y con el alma embotada de dolor, ese día cualquiera del futuro, que nadie sabe cuánto tiene de futuro, arribarás a la única conclusión posible: alejarás de un manotazo todos los fantasmas y harás con ello un envoltorio pequeño, muy pequeño, que mandarás al rincón más recóndito de tu corazón, donde se quedarán a vivir para siempre a partir de ese mismo día, un día cualquiera, no sé de qué mes, no sé de qué año, en que deberás comenzar a transitar sola un nuevo camino, sin mí y sin mis fantasmas.
jueves, 7 de enero de 2010
PROMESAS QUEBRADAS

-Setenta y cinco centavos. Es todo lo que tengo. Te los dejo sobre la mesa.
-Se acabó la garrafa. Nos vamos a morir de frío. ¿Qué puedo comprar con eso?
Román tomó su pasamontañas negro, del mismo color que toda su ropa y quedó listo para integrarse al piquete que esta vez era a pocas cuadras de su casa.
Dio una última mirada al cuarto con impotencia. Allí dejaba todos los días lo que más amaba en el mundo: Rina, de la que seguía perdidamente enamorado, y Abel, su hijo de pocos meses de edad, que dejó llorando con furor en su cuna, sellando a su manera el mal momento por el que estaban pasando.
Hacía mucho tiempo que Román buscaba trabajo sin resultado. Su pasado reciente de ex convicto no le facilitaba las cosas, por lo que sólo rara vez podía conseguir alguna changa que le permitía vivir con dignidad, aunque fuera por algunos días. Le había jurado a Rina que nunca más iría a la cárcel, que haría esfuerzos sobrehumanos por sobrevivir sin caer en el delito y ya había pasado más de un año lográndolo a duras penas.
Pensó en el piquete y sus compañeros, a los que poco a poco fue incorporando como verdaderos amigos. Hablaría con ellos. Necesitaba dinero para el gas para que su hijo no muriera de frío, para el alquiler de la habitación, con el que estaba atrasado y amenazaban echarlo, y para poder mirar a Rina a los ojos sin sentir la vergüenza de considerarse un inútil. No tuvo suerte. Hubo algunos excesos y al caer la tarde la policía los dispersó.
Román emprendió el regreso mascullando bronca y en medio de su furia tomó por el atajo menos conveniente: se calzó el pasamontañas, rompió un vidrio, entró a una casa, golpeó a sus ocupantes, gritó, amenazó, tomó el dinero que había y se alejó en medio de la noche hacia su casa. Imaginaba el reencuentro con Rina. “Traje dinero. Voy a comprar gas y comida. Ya vuelvo”, y el reproche: “Román, me habías prometido…”
-Setenta y cinco centavos. Es todo lo que tengo. Te los dejo sobre la mesa.
-Se acabó la garrafa. Nos vamos a morir de frío. ¿Qué puedo comprar con eso?
Rina repetía para sí misma la conversación reciente con Román cargada de pena.
Abrigó a su hijo con todo lo que tenía a mano. El frío era intenso y la habitación, de paredes altas y húmedas, parecía acrecentarlo aún más.
Pensó en Román, el único hombre que le había dado sentido a su vida. Lo había conocido en un burdel y al rato se estaban revolcando juntos en una cama, pero aunque al principio era sólo un cliente más, Rina sintió algo nuevo, algo distinto, aquello que estaba casi vedado para chicas de su condición. Lo esperaba con ansiedad día a día con la íntima esperanza de llegar a compartir juntos algo por lo que valiera la pena vivir.
No mucho tiempo después juntaron sus miserias en una misma habitación y por momentos llegó a sentir que era feliz junto a Román.
“Nunca más la calle, mi amor, te lo prometo”. Las palabras resonaban en sus oídos, pero ya no quedaba solución.
Busca su blusa más apretada, su falda más corta y marcha desconsolada hacia su viejo destino. No tarda demasiado en subir a un auto y entrar un hotel. La imagen de Román la ronda y la llena de culpa, pero ya no hay retroceso posible. Cierra los ojos, abre las piernas, penetran su cuerpo, destrozan su alma.
-“Traje dinero. Voy a comprar gas y comida. Ya vuelvo”
. -Ya compré yo, Román. Abrazame fuerte, por favor.
Cae la noche. En medio de la habitación, ahora calentita, Rina y Román comparten una comida humeante sumidos en un profundo mutismo. Ya no sienten frío, ya no sienten hambre, pero un hondo pesar los embarga.
domingo, 3 de enero de 2010
CHACARITA IDA Y VUELTA

Las luces se aproximan, tenues al principio, brillantes luego, fulgurantes, por fin. Genaro acciona con destreza la palanca del freno y el tren se va deteniendo lenta, mansamente, a pocos metros de los enormes frenos neumáticos que por enésima vez le indican el final del viaje. “Muy bien, Chuku-chuku, así se hace”. Genaro acaricia sus palancas como si el tren tuviera vida y registrara sus expresiones de cariño. Para él no cabían dudas. Chuku-chuku era único. No sólo por la suavidad del nácar de sus palancas, sino también por la reacción exacta ante cada uno de sus deseos. “Más rápido Chuku … muy bien, Chuku… ahora frená… ¡Bravo, Chuku!¨.
Llegamos a Chacarita. Una vez más, piensa, y van… Odia su trabajo. Sólo el vuelo de los murciélagos huyendo despavoridos a su paso lo acompaña en su noche eterna. Quiere ver el sol. Quiere aire fresco. Quiere sentir la lluvia sobre el vidrio, observar el vuelo de los pájaros, tener un techo de estrellas por la noche. No tolera más su sensación de ahogo. Las bocanadas de oxígeno en las paradas de la estación son como bálsamo a tanta sofocación. Chacarita, ida y vuelta. Otra vez. Chacarita, ida y vuelta .
Llegamos. Ahora, a invertir cabina y volver en una hora al mismo lugar donde lo esperan amenazantes, una vez más, los dos gigantes de acero, inmensos, dominantes, dueños absolutos del lugar, ejerciendo con total impunidad su potestad sobre cualquier vocación de libertad que asomara en los trenes, o en quienes los conducen, poniendo límites tangibles, firmes, evidentes, indiscutibles. Hasta aquí llegamos. ¡Prohibido seguir! ¡Prohibido salir!
Genaro hace el recorrido inverso, última hora del día. Acciona palancas y va. Chuku-chuku responde con total sumisión. ¨Estación, Chuku. Tomemos aire, Chuku, adelante, Chuku¨.
La monotonía del sonido lo agota. No puede más. Lo asalta una idea que se fija en su mente. ¿Por qué no? “Hagámoslo juntos, Chuku”. Imagina el diario del día siguiente. “Tren subterráneo vence la resistencia de frenos neumáticos y aflora a la superficie¨, y sigue la noticia: ¨Toma por avenida Forest y sube a las vías de ferrocarril San Martín alejándose con destino desconocido”. “¡Qué hermoso, Chuku! ¡Los dos juntos, a pleno sol! Vamos, trencito, que vos podés. Adelante, Chuku-Chuku ¡Liberémonos! Ochenta, Chuku, noventa, Chuku, cien, ciento diez. Sos más rápido de lo que había imaginado nunca. Vamos, trencito. Chacarita a la vista. Con fe. Con fuerza. Con coraje. A vencer a los monstruos y salir. El mundo es nuestro.
Genaro acciona la palanca al máximo. El sonido es insoportable. ¨Los monstruos acechan. No podrán con nosotros. ¡Al ataque!”
Suenan vidrios y metales. Suena a presión el aire de los frenos neumáticos. Los monstruos fueron más fuertes. Chuku-chuku se arruga. Genaro también. Chacarita, destino final.
lunes, 28 de diciembre de 2009
EL SASTRE

Era una profesión en decadencia, casi en retirada. El hombre era sastre y modisto. Lo habían sido su padre, venido de Italia, y su abuelo, que nunca llegó a conocer estas tierras. Cuando su padre le transmitió todo el arte de la costura, supo que éste sería no sólo su medio de vida, sino una gran pasión por el resto de sus días. No siempre había sido una actividad tan inusual. Cincuenta años atrás, cuando le sobraba tiempo para vivir por delante y agudeza en la vista, eran muchos los hombres que lo consideraban su sastre personal. También eran muchas las mujeres que deseaban tener un vestido de alta costura y que confiaban en él. Pero los años habían pasado demasiado rápido y el hombre los recordaba con tristeza. Cantidad de fotos donde se lo veía a él acompañado por un cliente que sonreía satisfecho con su ropa nueva adornaban las paredes de su sastrería. Algunos artistas famosos del cine y la televisión, todavía incipiente lucían modelos que hoy, a la distancia, se veían casi ridículos. Todas las fotos en blanco y negro eran exactamente del mismo tamaño y con el mismo tipo de marco y rodeaban por completo las cuatro paredes de su local como testigos diarios de su trabajo. Sólo una de ellas, ubicada al lado del antiguo reloj de pared, se destacaba de todas las demás. Era más grande, de enmarcado más moderno y con fondo de color. Era una foto de casamiento. El hombre, hoy le costaba reconocerse, con un traje negro impecable y camisa con moñito. La mujer, joven y hermosa, con un vestido largo del cual afloraban en su parte posterior metros de tul que arrastraba por el piso. Una enorme gargantilla dorada de estrellas entrecruzadas adornaba su cuello realzando aún más su belleza. Para el sastre clavar la vista en esa foto era un ritual obligatorio que ponía en práctica con nostalgia diariamente.
Ese día entró en su taller denotando apuro y se sentó a trabajar sin perder un minuto.
Llevaba atraso en un par de trabajos, en especial un vestido de novia que debía entregar sin falta ese fin de semana. Era cuestión de honor llegar a tiempo y valía la pena hacer todo el esfuerzo posible para lograrlo. Los alfileres entraban y salían de la tela con destreza. Metros de tul se enrollaban alrededor del maniquí en una conjunción maravillosa de habilidad y buen gusto.
-Lo quiero igual al de la foto -le había pedido expresamente la señorita Melo en el momento de encargarlo-, exactamente igual.
-Pero es un modelo un tanto viejo, señorita. Tiene más de cuarenta años. Hoy en día hay cosas más modernas. ¿Le muestro el catálogo?
-¡No! Yo quiero ése mismo.
El hombre no opuso demasiada resistencia. Pensó que el modelo con el que se había casado su mujer, y que él había confeccionado con tanto esmero, sería en alguna medida un tributo a la memoria de su esposa.
Trabajó duramente toda la semana. Pegó, hilvanó y cosió todo varias veces. Despegó, deshilvanó y descosió todo otras tantas veces hasta cumplir con el objetivo. El viernes al mediodía sacó el último hilito que quedaba colgando de la prenda y sonrió satisfecho.
Su mirada saltaba alternativamente del maniquí a la foto y de ésta nuevamente al maniquí. Lo había logrado. El parecido era asombroso. Le fue imposible evitar un cosquilleo especial viendo su obra terminada. La emoción lo invadió. Se sintió retrocediendo varias décadas y bailando el vals en su casamiento mientras la gente formaba una ronda a su alrededor dando alaridos de alegría. Cuando pudo recomponerse se dirigió a su escritorio y sacó de uno de los cajones un estuche de terciopelo que acarició con ternura. Luego lo abrió y extrajo de él una gargantilla de estrellas entrecruzadas con el que rodeo el cuello del maniquí.
-¿Bailamos?
Tomó a su mujer por la cintura y comenzó a girar con ella al compás del vals de los novios. El hombre reía feliz. Su mujer lo acompañaba con igual expresión de dicha. No pararon de bailar cuanta pieza musical sonara en el tocadiscos. La gente batía palmas a su alrededor y alababa la belleza de la novia. El hombre explotaba de orgullo.
Cuando extenuado soltó el maniquí y se sentó en una silla para tomar resuello sus lágrimas caían a raudales. Después, cargado de dudas, tomó el teléfono y discó un número despaciosamente. Cortó antes de que lo atendieran. Le costaba dominar sus emociones y trataba de analizar con frialdad los pasos a dar. Volvió a discar finalmente, y ya con total resolución se dirigió a su interlocutora con voz firme.
-Hola señorita Melo. No puedo entregarle el vestido. Perdóneme. Búsquese otro sastre.
domingo, 27 de diciembre de 2009
NOCHES DE RONDA
Ramón observaba a Elsa, su mujer, y no pudo evitar que un escalofrío recorriera su espalda. Conocía el proceso. Cuando ella comenzaba sus caminatas nocturnas alrededor de los cajones embalados que dormían su sueño eterno en la habitación que había sido de Facundo, sabía que los acontecimientos comenzarían a precipitarse. Ya le había pasado varias veces, siempre siguiendo la misma secuencia. En primer lugar varias noches de ronda de Elsa observando los cajones desde todos los costados, tocándolos y acariciándolos como si fueran delicadas reliquias. Después el proceso agrandándose noche a noche. Comienza a sumirse en profunda tristeza, y a alejarse de la realidad lentamente, desconociendo incluso a quienes la rodean habitualmente. El paso siguiente, el más temido por Ramón, comienza con el canturreo. Elsa se abraza a los cajones y entona un canto suave, indescifrable, cargado de tristeza, que suena a amarga letanía. A partir de allí ya no quiere moverse del lugar y su cantar elegíaco se agudiza hasta lograr un estado de evasión total.A medida que pasan los días la figura de Elsa se va deteriorando de a poco hasta llegar a adquirir perfiles demoníacos. Ramón sabe que llegado a ese punto no le queda ninguna otra alternativa que internarla y confiarla a los médicos. Así había pasado en varias oportunidades y Ramón ya no dudaba que así volvería a ser también en esta ocasión. Pero esta vez él no estaba preparado para tolerarlo. Su sentimiento de culpa se acrecentaba cada vez que su mujer pasaba por ese martirio y estaba convencido de que debería hallar una fórmula para cortar el proceso de cuajo. Sabía que el origen de todos sus males era el accidente en que se había visto envuelto muchos años atrás con Elsa y Facundo. Los tres viajando felices sin rumbo fijo y haciendo planes para una vida mejor en Europa. Tenían todo arreglado hasta en sus más mínimos detalles. El haría punta y después seguirían Elsa y Facundo. Estaba casi todo listo y la mayor de las alegrías los acompañaba ante la inminencia del acontecimiento, hasta que se cruzó el maldito camión. Y en un par de segundos la vida cambió radicalmente. Después vino lo peor. Facundo no pudo sobrevivir y Elsa comenzó a evadirse de la realidad cada vez que su entereza flaqueaba.
Habían pasado varios días desde que Elsa comenzara con su ronda inicial y ya empezaba una vez más a abrazarse a los cajones con su cantar lastimero. Ramón desesperaba día a día y no aguantaba más. Entonces tomó la decisión. Fue al cuarto de las herramientas, se armó de un hacha y con entera determinación comenzó a destrozar los cajones, todos a la vez y sin tregua, dando por sentado que una vez que éstos hubieran sido reducidos a cenizas desaparecería la raíz del conflicto y Elsa volvería a ser la que fue: la mujer más bondadosa del mundo. Su esfuerzo fue tremendo. Golpeaba y golpeaba sin cesar destruyendo las tablas una a una mientras gritaba rabioso para darse coraje. Después cayó extenuado soltando el hacha y recostándose sobre el mar de astillas que su furia había producido. Estaba agotado, tan agotado que casi no alcanzó a percibir el golpe que prácticamente lo quebró en dos cuando Elsa con todas las fuerzas que poseía bajó el hacha sobre su cabeza mientras gritaba alocadamente.
viernes, 25 de diciembre de 2009
ENSAYO GEOMÉTRICO 3-2-1-2-3

3- (El y Ella)
Mesa de bar. Hombre y mujer. Dos mesas distintas. A varios metros. El la mira. Ella está absorta. En su mundo. El mira nuevamente. No nota respuesta. Prende un cigarrillo. Observa las volutas. Vuelve a mirar. La ve bonita. Le gusta mucho. Un óvalo perfecto. Pelo rubio rizado. Labios muy rojos. Una silueta formidable. Es realmente atractiva.
Sólo necesita encararla. Hablar con ella. Darse a conocer. Saber quién es. Puede estar comprometida. Puede estar esperando. Puede estar enamorada. Vuelve a mirarla. Luego le sonríe. Le hace señas. Guiña un ojo. Esboza un beso. Todo es inútil.
Ella está inquieta. Mira su reloj. Toma su vaso. Bebe con rapidez. Luego se levanta. Comienza a caminar.
El se desespera. Necesita conocerla ya. Saber su nombre. No dejarla ir.
Ella no registra. Sigue lo suyo. Arregla su ropa. Calza anteojos negros. Toma bastón blanco. Da unos pasos. Lo hace decididamente. El bastón repiquetea. Golpea las paredes. Golpea las sillas. Golpea la puerta.Y se aleja.
2 (Ella – El)
Ella camina. El atrás. A metros. La sigue. Caminan mucho. Varias cuadras. Ella adelante. El atrás. Ella decidida. El confundido.
¿Quién es? ¿Adónde va? ¿Cómo acercarse? ¿Qué decirle?
Se detienen. Ella primero. Luego él. Ella vacila. El espera. Está nerviosa. Algo pasa. Aguza oídos. Presta atención. Gira lentamente. Mirada fija. Labios sonrientes. Postura expectante.
¿Me seguís? Así es. ¿Por qué? No sé. ¿Quién sos? Soy Juan. Yo Micaela. Lindo nombre. ¿Te parece? Sí, claro.
¿Dónde vivís? Acá cerca. Te acompaño. Como quieras.
Caminan juntos. Bastante lento. Midiendo pasos. Ella primero. Él después. Se acercan. Van juntos. Ambos hablan. Cuentan cosas. Vidas comunes. Vidas tristes. Ella ciega. El melancólico. Sin amor.
Siguen caminando. Lento, lento. Estirando tiempos. Manos juntas. Muy juntas.
Ya llegamos ¿Tu casa? Así es. Quiero entrar. Estás loco. ¿Por qué? Es imposible. Que sí. Que no. Pues pasa. Muchas gracias. Un ratito. Está bien. Pues entremos.
1 (Ambos)
Pasan. Puerta. Pasillo. Caminan. Hablan. Ríen. Murmuran. Juegan. Riñen.
Puerta. Entro. No. Sí. No. Sí. Quizás. Bueno. Entrá. Vamos. ¿Sola? Sí. ¿Siempre? Sí. Entremos.
Monoambiente. Mesa. Sillas. Biblioteca. Televisor. Cama. Cama. Cama. Cama.
Cerca. Pegados. Manos. Una. Dos. Una. Dos. Tres. Cuatro. Besos. Uno. Dos. Muchos.
Ropa. Él. Polera. Pantalón. Etcétera.
Ropa. Ella. Remera. Pollera. Etcétera.
Temperatura. Amor. Arriba. Abajo. Ahora. Juntos. Sudor. Ya.
Felatio. Humedad. Cunnilingus. Explosión.
Ya. Final.
Cansados. Agotados. Exhaustos.
Andate. No. Sí. Andate. ¿Seguro? Seguro. Vuelvo. No. Sí. Jamás.
2 (Ella – ÉL)
Te vas. Me quedo ¿Por qué? Me gustás. Vos también. ¿Y entonces? Es suficiente. ¿Por qué? Porque sí. No quiero. Yo sí. Te amo. No mientas. Quiero verte. Nunca más. No entiendo. Es ley. ¿Una vez? Una vez. Quiero comprender. Es así. Es cruel. Muy cierto. Quiero volver. No, nunca. ¿Nunca jamás? Nunca más.
3) (Ella y El)
Me estoy yendo. Que tengas suerte. Ojalá vos también. Tengo suerte. Sigo sin entender ¿Para qué entender? Quiero verte nuevamente. No lo intentes. No puedo creerlo. ¿De qué hablás? Esto fue bueno. Fue realmente bueno. Sos una hermosura. Vos también. Vos no sabés. Sí que sé. Vos no ves. Sí que veo. No te creo. Quiero que creas. Ojos del alma. No, ojos verdaderos.
Fuera los lentes, fuera el bastón. No los necesito. No puedo creerlo. Se hizo tarde. Son las ocho. Ya llega él. Esto es peligroso. Viene mi marido. Es muy celoso. Te puede matar.
¡No vuelvas jamás!
jueves, 24 de diciembre de 2009
LA PUERTA

Llovía intensamente. El frío de enero penetraba en su cuerpo, produciéndole una horrible sensación de impotencia. Estaba agotada. Su instinto la guiaba en una búsqueda que parecía absolutamente inútil, pero pensaba que era la única posibilidad de escapar con vida. Sabía que estaba en una zona de exclusión, donde ninguna persona de cualquiera de los dos bandos podía circular, salvo que perteneciera a las Naciones Unidas o tuviera un permiso especial. No era el caso de Helga. Cuando la terrible explosión destruyó su casa sólo atinó a escapar sin rumbo fijo. Ella y su hijo, un bebé de pocos meses. Corrió los primeros metros sumida en la más terrible de las desesperaciones. No se animaba a tocar su cuerpo, dolorido en varias partes, ni el de su hijo, por miedo a enterarse de que estuvieran heridos. Corrió alocadamente, nunca sabría qué distancia ni cuánto tiempo.
Cuando comenzó a llover maldijo su mala suerte, en principio, pero recapacitó luego y lo vivió como maná venido del cielo para ayudarla a escapar en medio de la tormenta.
Sentía el llanto de su bebé, al que sabía hambriento y desatendido, pero nada podía hacer por él. Sólo correr y correr en procura de un refugio milagroso que los protegiera de los enemigos y del triste destino que ella presentía para ambos y del que le sería muy difícil salvarse. Cuando alcanzó a vislumbrar una luz tenue en una construcción que casi se llevó por delante comenzó a creer, quizás por primera vez en su vida, que Dios se había apiadado de ella.
No titubeó en entrar en a la casa, casi sin tomar precauciones, y sintió una tibieza incomparable que recorrió su cuerpo de punta a punta y que la llenó de satisfacción.
No había nadie. Alguien la habitaba, no había dudas, porque el resplandor de la estufa de leños todavía no consumidos así lo daba a entender. Se sentó pegadita a la estufa tratando de acaparar el calor al máximo y comenzó a amamantar a su hijo que se prendió a su pecho con voracidad.
La única luz que había en la casa era la que producían las llamas. Comenzó a sopesar sus posibilidades de salvación y arribó a la cuenta final de que no eran demasiadas. Ese lugar podía ser adicto o enemigo. Ella no lo sabía. Tampoco sabía si le convenía escapar y en caso de hacerlo, en qué dirección.
Sus fuerzas flaqueaban minuto a minuto. Rogó con toda su alma por ella y por el bebé, que era lo único que aún conservaba en la vida. Allí estaba bien. El calor iba secando sus ropas y su hijo, ya bien alimentado, había caído en un sueño profundo.
En ese momento se prendió una luz en la pieza vecina. Su corazón se paralizó de miedo. No atinó a moverse. Sintió el andar ruidoso de un par de botas, que supuso serían de algún militar y se hizo un ovillo cubriendo con su cuerpo a su bebé mientras se santiguaba reiteradamente. Los pasos seguían acercándose. Helga temblaba. Temblaba y lloraba en silencio. Los pasos se oían cada vez más cercanos. Cada vez más y más. Sintió una mano posándose en la puerta y el giro del pestillo de la cerradura. Después… muy lentamente… la puerta se abrió…
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Ilusiones Tempranas


Hay personas que por su especial significación no se olvidan nunca en la vida. Irma, mi maestra de cuarto grado, es una de ellas. Me enamoré perdidamente de ella el mismo día que la conocí. Creo que hoy me resultaría muy difícil, a la distancia, saber qué es lo que más me había impresionado. Supongo que el fogonazo que su sola presencia produjo en mí siendo tan jovencito, apenas un niño, debía responder a múltiples causas. En primer lugar era joven, bonita y muy simpática. Su voz, un tanto grave y profunda, le daba un plus de seducción que no pasaba inadvertido para nadie. Mis compañeros de clase también estaban conmovidos con ella, pero en nadie había producido un impacto semejante al mío, que rondaba lo enfermizo. Su imagen me acompañaba en cada minuto de mi vida. En mi imaginación era sólo mía. Soñaba con ella. Estaba presente en cada una de mis fantasías oníricas. Recuerdo una imagen de ella junto al mar, caminando en la playa sobre la rompiente de las olas, y agitando al viento su chalina violeta, que tan bien combinaba con sus ojos claros. Me despertaba malhumorado, con una inmanejable sensación de frustración, con la que cargaba a diario sin una solución posible. En el fondo de mi mente atormentada yo sabía que era un amor imposible y que nunca podría ser correspondido, pero cargaba la pesada cruz no sólo con resignación sino con cierto toque masoquista, como si el dolor de lo imposible se amalgamara con el goce de sentirlo. Cuando sonaba la campana del final del día Irma se paraba en la puerta del aula y nos despedía a cada uno con un beso. Yo me sentía desfallecer cada día con el solo contacto de sus labios en mi mejilla, y hasta en mi interior sufría por el reparto a mansalva de besos que yo quería sólo para mí. Vivía al borde de la locura.
Un día, al comienzo de la primavera, organizamos un partido de fútbol con el cuarto grado mañanero y la invitamos para que viniera a alentarnos. Recuerdo que accedió al instante. Yo estaba entusiasmado con la sola idea de lucirme ante ella y pedí jugar al arco, para lo que creía tener ciertas condiciones. Era un domingo soleado, hermoso, y la canchita del barrio estaba rodeada de parientes y amigos de los que allí estábamos enfrentados. Me calcé la gorra y me ubiqué entre los tres palos buscándola desesperadamente con la mirada. Su chalina violeta me ayudó a encontrarla. Le hice un gesto con la mano y ella me respondió de igual manera. Yo estaba exultante. Nunca había atajado tan bien. Un gol tempranero de mi compañero de banco nos permitía ir ganando por la diferencia mínima y dependía mucho de mí mantener el resultado. Lo veníamos logrando sin mayores sobresaltos hasta que pocos minutos antes del final el árbitro, el portero de la escuela, sancionó un penal en contra nuestra. Me sentía morir. Justo cuando estábamos arañando el triunfo. El mejor de los oponentes estaba frente a la pelota dispuesto a fusilarme. Antes de que tomara carrera una ráfaga violeta proveniente de la chalina de Irma me inspiró. ¡Esa pelota no tenía que entrar! ¡Y no entró! Todavía me pregunto cómo logré desviar semejante cañonazo. Lo cierto es que a los pocos minutos mis compañeros me alzaban en andas y me paseaban en una especie de vuelta olímpica atribuyéndome gran parte del éxito logrado. Irma aplaudía entusiasmada y al verme pasar cerca me arrojaba besos al aire. Yo tocaba el cielo con las manos. Cuando mis compañeros me bajaron corrí a su encuentro dispuesto a saborear un momento inigualable junto a ella. Fue allí que los vi. No estaba sola. La acompañaba un señor que la estaba tomando del hombro y un chiquilín de pocos años que tironeaba de su pollera para que lo alzara. Quedé totalmente paralizado y sin saber cómo actuar. Reaccioné finalmente dando media vuelta y alejándome en dirección contraria. Mi tristeza no tenía límites. Estaba totalmente destruido. Sentía que mi vida no tenía ningún sentido. Anonadado por el golpe tomé mis cosas y me dispuse a irme a casa alejándome de ella y de la algarabía de mis compañeros. La volví a ver al pasar el portón de salida. Me estaba esperando, ella sola, como siempre había ansiado verla. Me encaró decididamente, con su ternura de siempre, vivaz, alegre, sonriente, y felicitándome por mi actuación. Me abrazó con dulzura y me llenó de besos.
-Tonto, a vos también te quiero.
¿Cómo olvidarte, Irma?
lunes, 21 de diciembre de 2009
Todo Tiene Precio

a) -Acabo de ver tu aviso en el diario. Me interesó tu problema y quisiera ayudarte. Puedo tener una persona interesada, pero necesito más aclaraciones. Espero respuesta.
b) -Hola, Errezeta. Te contesto. Creo que el aviso está muy claro. Te lo repito: “Por problemas económicos serios ofrezco cualquier parte de mi cuerpo. Precio a convenir. Los interesados pueden contactarse conmigo al jotajotaele@hotmail.com.ar.”
a) -Entendí. ¿Qué parte de tu cuerpo estás dispuesto a vender?
b) -Te lo vuelvo a reiterar. Cualquier parte. La que sea.
a) -Soy yo de nuevo. Perdoná la pregunta. ¿Es tan serio tu problema?
b) -Sí, mucho. Peor de lo que puedas imaginarte. Está en juego la vida de mi hijo. Necesito llevarlo a Estados Unidos para una operación muy complicada. Es mucho el dinero que necesito.
a) -¿Cuánto? Dame una idea.
b) -Más de 100.000 dólares.
a) -Tenés razón. Es muchísima plata. Te va a ser muy difícil conseguirla.
b) -Ya lo sé, pero es mi último recurso. Estoy dispuesto a todo.
a) -¿Todo?
b) -Todo, todo, todo.
a) -¿Sabías, Jotajota, que el valor de cada órgano está más o menos estipulado en el mercado negro? ¿Cómo pensás reunir cien mil dólares?
b) -No tengo la menor idea, todo esto es nuevo para mí, pero me viene bien saberlo. Dame una idea de lo que puedo llegar a conseguir.
a) -Te tiro algunos precios aproximados. Un riñón, u$s 20.000. Una retina u$s 10.000. El pabellón de una oreja u$s 5.000. Todo más o menos.
b) -Con esos números no llego a nada. Necesito mucho más. ¿Podrá servirle a alguien, por ejemplo, una pierna?
a) -Sí, Jotajota. Hay interesados para cualquier parte del cuerpo. Todo tiene precio ¿Cuánto medís?
b) -Te mando mis datos. Mido 1.80 mts. y peso 80 kilos. Soy completamente normal y bien formado. Te mando una foto ¿Cuánto puedo obtener por una pierna?
a) -Te contesto. Si se encuentra el cliente adecuado, que sea compatible con vos se puede sacar hasta u$s 30.000.
b) -Me estás volviendo loco. Tampoco así llego. Ni vendiendo una pierna. Necesito más. ¿Puede haber algún interesado en mi cuero cabelludo? (Tengo un pelo bárbaro.) ¿Mi brazo? ¿O mi pito? Necesito más.
a) -Déjamelo consultar. En pocos días te contesto.
b) -Hace varios días espero tu respuesta. Me mata la ansiedad ¿Dónde estás? ¿Te tragó la tierra? Contestame, por favor. Sos mi única posibilidad. No quisiera creer que estuviste jugando conmigo. Lo mío es muy serio. No es un juego.
a) -Hola Jotajota. No te confundas, no estoy jugando con vos. Tuve que tomarme unos días para ahondar mis contactos. No te puedo mentir. Es un tema de muy difícil solución.
b) -Me imagino, no estoy vendiendo una batidora. Quiero que seas concreto. ¿Tiene o no solución mi problema?
a) -Te lo reitero, Jotajota. Todo es posible. Complicado pero no imposible.
b) -Contestame sin vueltas, Errezeta. ¿A cuánto podríamos llegar?
a) -Te lo contesto sin vueltas como lo pedís vos. Con los únicos clientes posibles que te conseguí superamos holgadamente los u$s 100.000.
b) -¡Maravilloso! ¡Bárbaro! ¿Qué partes de mi cuerpo necesitan?
a) -Espero que entiendas mi respuesta, Jotajota. Ninguna parte. Te quieren enterito.
b) -¿Te volviste loco? ¿Qué quiere decir enterito?
a) -Sí, así como oíste. Es entero o nada. Les viene bien cada parte de tu cuerpo. Lógicamente antes de pagar quieren verte. Vos sabés cómo es. Cualquiera quiere ver la mercadería antes de comprar. Contestame por sí o por no lo más rápido posible. Es tu última oportunidad.
domingo, 20 de diciembre de 2009
El Amor DE Melina
Pero no fue así. Todo se limitaba a compartir un saludo, una sonrisa, un beso en la mejilla y hasta un par de cafés juntos.
En una oportunidad se combinaron para ver una función de Teatro por la Identidad auspiciado por las Abuelas de Plaza de Mayo, con las que ambos comulgaban incondicionalmente. Ella lo propuso y él accedió de inmediato. Melina se preparó con tiempo para el acontecimiento y trazó un par de estrategias en pos de un logro supremo: conquistarlo, pero todo se desmoronó cuando lo vio llegar con varios amigos y amigas con los que compartían habitualmente las marchas de protesta. Estaba decepcionada, e incluso cargándose de culpas por no encontrar el camino adecuado para vencer su aparente indiferencia. Hasta que dejó de verlo; de un día para el otro y sin dejar rastro. Poco y nada sabía de él. Apenas su nombre, Ramiro, su edad, similar a ella y su eterno amor por la causa de los justos y por lograr un mundo mejor.
Sabía, por una frase dicha al pasar, que estudiaba sociología. Buscó cientos de pretextos para el presunto encuentro casual en las escaleras de la facultad. Montó guardia cuantas veces le fue posible, en distintos horarios, en distintos días, sin ningún éxito. Preguntó por él hasta el cansancio y cada día volvía con una nueva desesperanza.
Su corazón no lo olvidaba y por eso hoy corre desesperada con la remota ilusión de que fuera verdad la imagen que había visto. Y llega al Congreso; y busca la fuente de agua y la encuentra, y se mezcla con el gentío buscándolo con desesperación y cuando comienza a imaginarse que había sido sólo una ilusión óptica sustentada por el gran deseo de volver a encontrarse con él lo ve a la distancia. Y corre hacia él llena de ganas de todo; y él se sorprende y se emociona y la abraza y la besa como si el tiempo no hubiera transcurrido. Melina se acurruca emocionada entre sus brazos. Su sangre se agolpa en su pecho, en sus sienes, en su pubis. Quiere más, mucho más. Aun cuando él nunca le hubiera prometido nada.
Comienzan a marchar juntos abrazados. Ella toca el cielo con las manos. El sostiene una pancarta y ella aferra su mano a la de él para mantenerla juntos. “Semana del orgullo gay”, reza en letras grandes.
Melina aprieta su mano. Comienzan a aclararse algunas cosas para ella.
-¿Por qué no me lo dijiste?
-¿Lo habrías entendido?
Melina no contesta. Aferra con fuerza el sostén de la pancarta y sigue en la marcha con él.
Su pena es inaudita. Su corazón está a punto de estallar, pero se sobrepone mientras fluyen de sus ojos gruesos lagrimones. Aunque en el fondo de su alma ella sabe que todo el castillo de ilusiones que había construido en su mente se desmorona, aun así no quiere dejar de sentirlo a su lado. Al fin y al cabo había muchas formas de andar juntos por la vida y ésta era una de ellas.
sábado, 19 de diciembre de 2009
Julián versus Julián

El teléfono sonó varias veces hasta que Julián, somnoliento y malhumorado, lo atendió de mala gana.
-Hola… sí… ¿Mabel?...sí… soy yo… Julián… ¿A qué hora llegás?…no… imposible… no te puedo buscar… no me siento bien… arreglate como puedas…
Julián cortó con una rara sensación de desasosiego, ya lindando con la angustia. Mabel había viajado el día anterior a Rosario a visitar a unos parientes y él había pasado una noche de perros. Desde las tres de la mañana en adelante apenas de a ratos había logrado conciliar el sueño, siempre acompañado de horribles pesadillas que no sabía a qué atribuir. Cuando estaba sonando el llamado de Mabel, antes de las siete de la mañana, su cabeza era un volcán a punto de estallar por la lucha sin cuartel que habían entablado entre sí sus monstruos nocturnos, aquellos que lo acompañaban inevitablemente en cada sueño y a quienes rendía cuentas de cada acto de su vida.
Estaba desganado y apesadumbrado. Abrió la puerta del placard y se observó en el espejo de cuerpo entero. Se vio avejentado, angustiado, con la frente cargada de años, y dando, en general, un pobre aspecto. ¿Qué había pasado con él? ¿Qué había sido de aquel Julián deportista y seductor? ¿Qué había quedado de sus sueños? Un oscuro oficinista cumpliendo su labor a regañadientes, sin futuro, sin paz, sin hijos. Volvía a su casa todas las tardes cargado de una mochila llena de desesperanza, a compartir con su mujer la tristeza final del día. A ella tampoco le había ido bien con él. También fue perdiendo los sueños en el camino a medida que percibía que las arrugas de su cara marcaban una muesca similar en sus ilusiones.
Abrió el ventanal del departamento y se asomó por el balcón. El aire mañanero, pensó, le haría bien, le clarificaría las ideas, lo sedaría. Dirigió la mirada hacia abajo, hacia la plaza por la que siempre había sentido un cierto aire de pertenencia, pero ese día la vio más triste y más apagada que nunca y con un tinte grisáceo que la desmerecía. Circulaba poca gente a esa hora. El florista de la punta más cercana comenzaba a acomodar sus ramos, mientras el camión de los diarios dejaba dos enormes paquetones que el vendedor tomaba presuroso para comenzar a vocearlos. Sintió envidia por los posibles compradores. Gente común con ganas de enterarse de las novedades que a él ya no le interesaban o de adornar su casa con unas flores, cosa que ese día le parecía un total despropósito.
Se sentía mal y los pensamientos negativos lo invadían constantemente. Un sudor frío recorría su espalda seguido al rato por un incontrolable arrebato de calor.
Volvió a abrir el placard y a observar detenidamente su propia imagen esperando una solución mágica a tanta desazón.
-¿Qué te anda pasando, Julián? –le preguntó su doble desde la profundidad del espejo.
-Nada que vos no sepas.
-Es cierto. Yo sé todo sobre vos, Julián, y estoy tratando de encontrar la forma de ayudarte.
-Ya es tarde. Hice todo mal en la vida.
-En parte es cierto… pero creo que estás a tiempo todavía de rectificar algunas cosas. Comenzar a cuestionarte ya es un gran adelanto.
-No tengo más voluntad de cambiar nada.
-¿Y qué pensás hacer?
-Vos ya lo sabés. Matarme. Simplemente eso, matarme. Por suerte vivo en un décimo piso. Va a ser fácil.
-¡Ni se te ocurra!
-No podrás impedirlo. Es sólo abrir la ventana y emprender el vuelo final.
-No pienso consentirlo. Siempre hay posibilidades de recomenzar. No hagas eso, pensalo.
-Me pasé la vida pensando y así me fue.
-No seas tonto. Yo te voy a ayudar. Te prometo salir de mi letargo y apoyarte. Vas a salir a flote.
-¡No me interesa!
-¡Volvé a pensarlo.
-No me interesa. ¡Basta! Terminala ya, ¡callate!, no te tolero más.
Un golpe preciso destruyó el espejo. Los vidrios se desparramaron por el suelo y Julián comenzó a pisotearlos con furia para aliviarse. No lo consiguió.
-Nunca vas a lograr destruirme. Ni siquiera a los golpes.
-No te me acerques. Dejame terminar a mi manera…
-¡Ni lo pienses!
-¡No te me acerques! ¡Basta! Soltame… me hacés daño… por favor. ¡Basta!
Cayó desplomado. Sólo se reanimó cuando Mabel, ya convencida de que Julián no la buscaría, entró a su casa llena de miedo y lo vio en el piso con magullones en la cara y marcas de manos en el cuello.




